Reunidos mis hermanos y yo, recordábamos historias de nuestra niñez y me animé a contarles una historia que no todos sabían y que forma parte de un grupo de anécdotas chuscas de mi niñez, que cada que recuerdo me hacen reír mucho...
Hace ya muchos años, cuando niño, recuerdo que pasaba por casa de mis papás un señor con una extraña rueda y un silbato peculiar, parecido a la zampoña pero de plástico, la cuál la hacía sonar mientras avanzaba lentamente por la calle.
En ese entonces yo era un mocoso y desconocía por completo quién era este señor o por qué motivo silbaba al pasar, cuando le pregunté a mi mamá (ella siempre bromista) sonríe y sin darle mucha importancia me contesta que se trata de un “roba-chicos” (un recurso muy usado en esos días para asustar a los hijos) -fin del asunto-.
Nunca esperó que yo lo creyera así, pero siendo yo un niño (bastante)tonto ingenuo lo creí por completo y varias interrogantes me surgieron: ¿Por qué no lo apresaban? ¿Por qué avisaba con su silbato que andaba haciendo de las suyas? ¿Para qué era esa extraña rueda?
Hace ya muchos años, cuando niño, recuerdo que pasaba por casa de mis papás un señor con una extraña rueda y un silbato peculiar, parecido a la zampoña pero de plástico, la cuál la hacía sonar mientras avanzaba lentamente por la calle.
En ese entonces yo era un mocoso y desconocía por completo quién era este señor o por qué motivo silbaba al pasar, cuando le pregunté a mi mamá (ella siempre bromista) sonríe y sin darle mucha importancia me contesta que se trata de un “roba-chicos” (un recurso muy usado en esos días para asustar a los hijos) -fin del asunto-.
Nunca esperó que yo lo creyera así, pero siendo yo un niño (bastante)
No me atreví a cuestionarle a nadie, ¿para qué? mi mamá ya me había dicho lo que sabía y mi papá como buen hombre de aquellos días, era de muy pocas palabras.
Pronto olvidé el asunto, hasta que un día me mandan a la tienda a comprar no sé que cosa (antes toda la cuadra era como una extensión de tu casa, todos te conocían y sabían de quién eras hijo).
Pronto olvidé el asunto, hasta que un día me mandan a la tienda a comprar no sé que cosa (antes toda la cuadra era como una extensión de tu casa, todos te conocían y sabían de quién eras hijo).
Al regreso, justo al doblar la esquina, escucho a mis espaldas el silbato del “roba-chicos”… siento que la sangre se me hiela, apresuro el paso, no puedo creer en mi mala suerte… vuelve a silbar, el temor aumenta… no corro por que ante todo hay que mostrar aplomo (yo y mi maldita manía de primero muerto antes que perder la compostura), la distancia hasta la puerta de mi casa se me hace enorme.
Finalmente llego a la puerta, el sujeto se ha quedado ligeramente atrás, toco el timbre, no me abre nadie… el hombre se acerca cada vez mas, toco con desesperación una, otra y otra vez el timbre, justo antes de que ese extraño pueda alcanzarme, mi mamá abre la puerta y sin decir “agua va” pego un brinco hacia adentro… ¡uff, Por poco no la cuento!
Ya pasado el susto, mi mamá me aclara que mi primer gran encuentro con el peligro realmente solo se trató de un encuentro con el afilador de cuchillos.









